FASES CERRAR

El extranjero errante

*** by Irina Dzhul on 500px.com

Sentir que no encajas en un lugar es algo que nos puede suceder a veces, o incluso de por vida. Este es un sentimiento propio de nuestra época, precisamente ahora que tenemos el mundo a nuestros pies gracias a los vuelos baratos y la posibilidad de trabajar desde en cualquier sitio con conexión a internet. Tal vez la facilidad para poder vivir en cualquier lugar del mundo es lo que ha hecho que nos sintamos más perdidos que nunca.

 

Siendo adolescente siempre sentí presión por tener que definirme a mí misma de alguna manera, por la ropa que me ponía o la música que escuchaba. Esta presión por definirte para encajar en un grupo es algo que continúa a lo largo de toda la vida, como si fuese obligatorio pertenecer a alguna tribu en concreto para sentir que tienes algún lugar en el mundo que puedas llamar propio. Y no es que me niegue a definirme por un equipo de futbol u otro, es que simplemente no me gusta el futbol, ni me gusta la política, ni me gustan muchas otras cosas. Y también me sucede que no es que no me guste el rock lo bastante, es que también me gusta el jazz, el hip hop, la música clásica y mil géneros más. Por este mismo motivo nunca he pertenecido a ninguna tribu urbana de ningún tipo.


La necesidad de pertenecer a algo es fruto de nuestra necesidad de etiquetar el mundo para simplificarlo y comprenderlo mejor, y eso incluye a las también personas.


En ese afán por simplificar y trocear para digerir mejor las cosas lo que hacemos en realidad es impedir tener una comprensión global del mundo. Creamos una visión sesgada de la realidad, una visión incompleta. Eso por un lado. Otra consecuencia de sentir que perteneces a un grupo es el peligro de pensar que tu tribu es mejor que las demás. Puede ser tu equipo, tu partido, tu barrio o tu grupo de amigos. Cuando nos convertimos o sentimos miembros de un grupo a veces caemos en la trampa de ver el mundo a través de las gafas de ese grupo e infravalorar a los que no pertenezcan a él.

 

Como yo nunca fui de grandes grupos ni grandes apegos no fue raro que en cuanto acabase de estudiar me fuese a vivir sola al extranjero. Si en mi casa no encontraba mi lugar tal vez lo encontrase un poco más lejos. Londres resultó ser un lugar lleno de gente de todos los rincones del planeta. Creo que todos lo que pasan por esa ciudad intentan buscar su lugar en el mundo y no creo que la mayoría lo encuentren. Londres es un ciudad de paso, así que yo también pasé de largo.

 

En Londres no encajé, ni tampoco en muchos otros sitios en los que viví después, tanto en Inglaterra como en España. En todos los lugares me perseguía ese sentimiento de desarraigo. Encajar no es una cuestión del lugar, aunque el lugar puede tener mucho que ver. Cuando volví a mi ciudad natal me sentí más fuera de lugar que en la estación de metro más remota de Londres. Todas las personas que había dejado allí cuando me fui siguieron haciendo su vida, como es lógico, y a veces eso significa un distanciamiento inevitable. Hasta mi propia familia parecían desconocidos, me había desvinculado tanto que ya no estaba al tanto de la dinámica familiar ni comprendía lo que sucedía a mi alrededor. Eso por hablar sólo de las relaciones sociales. Muchas cosas pueden cambiar en pocos años.

 

Las personas que viven fuera durante años sufren este extraño síndrome del extranjero errante. Así lo llamo yo.


Cuando no estás en casa eres el extranjero y cuando vuelves a casa tu visión del mundo ha cambiado tanto que te sigues sintiendo extranjero en tu propio hogar.


Este síndrome es consecuencia del movimiento constante. Los emigrantes de antaño se iban a Alemania o Sudamérica para labrarse un futuro mejor, y una vez allí se asentaban y no volvían más. Me imagino que pasarían el resto de sus vidas con morriña por la tierra materna. También me imagino que harían piña con otros españoles y crearían su propia tribu allá donde estuvieran.

 

Sin embargo, el emigrante de hoy no suele quedarse para siempre en un solo lugar. Ahora la gente no se va a trabajar al extranjero sólo por necesidad sino también por conocer mundo, y con un poco de suerte, encontrar su lugar en él. Por eso no es sólo emigrante, también es errante. El emigrante errante siente morriña de su tierra cuando está fuera y también la siente del extranjero cuando vuelve al lugar donde nació. Por lo general, el emigrante errante siente nostalgia por todos los sitios por donde ha estado y no se siente en casa en ninguno de ellos. Es como tener muchos hogares y ninguno al mismo tiempo.


Este es un sentimiento nuevo que nunca nadie te ha explicado antes ni sabías que existiese, porque realmente nunca ha existido hasta ahora.


Por ese mismo motivo resulta incómodo y no sabes qué hacer con él, no sabes si es algo bueno o algo malo. Como es incómodo y desconocido de mano piensas que tiene que ser malo.

 

Si antes sentías que no encajabas en ningún grupo social porque definirte como uno de ellos te resultaba limitante, ahora que has viajado parece que la cosa sólo va a peor. Lo de peor es un decir, digamos que más bien el sentimiento de no pertenecer a ningún lugar va en aumento. Que no sientas pertenencia no quiere decir que no te relaciones lo bastante con los demás, sino que no hay una sola relación, grupo o sentimiento que te llene lo suficiente como para elegir uno y excluir a otros, de la misma forma que es posible que no encuentres un solo lugar que te haga sentir pleno. Si te sientes como si no tuvieses ningún hogar, o lo que es lo mismo, que cualquier sitio puede ser tu hogar, eso es algo que define tu forma de vivir en este mundo en el sentido más amplio de la palabra.

 

Este desarraigo no es algo negativo, es una capacidad para comprender y valorar todas las culturas que te vayas encontrando por el camino.


El desarraigo es la libertad de ver más allá de las fronteras, más allá de nuestros sistemas de creencias, más allá de nuestro apego por lo conocido.


Aunque parezca que no encajes en ningún sitio en realidad es una capacidad de adaptación para vivir en cualquier lugar y con cualquier persona, otra cosa es que decidas hacerlo o no. El desarraigo significa ser lo bastante valiente para satisfacer tu deseo de explorar lo desconocido, es la libertad para moverte por el medio que más te guste o convenga en cada momento. El desarraigo significa tener la tranquilidad mental de que tomas decisiones basadas en una realidad completa y transparente sin caer en los prejuicios ni limitaciones propias del que no ve más allá de sus narices, ya que no perteneces a ningún grupo que contamine tus opiniones.

Si tienes el síndrome del extranjero errante, hayas sido extranjero o no, estás de enhorabuena porque esto no es un mal sino un don: es el don de la visión y de la libertad.

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